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viernes, 20 de junio de 2014

Mi primer día

Pum pum pum pum. Mi corazón palpita a la velocidad en que el metro se desplaza por debajo de las calles de Madrid. Pum pum pum, me grita.
 Llega por fin el día más esperado después del verano, el primer día de clase. Instituto nuevo, no conozco a nadie, me enfrento a mi mayor miedo. Sola ante un cúmulo de gente que corre de aquí para allá por los pasillos, otros se abrazan y otros, simplemente, esperan a poder volver a ver a aquellos compañeros que, como siempre, llegan tarde. Recuerdo aquel sentimiento entre nervios y desgana; en el fondo sé que no voy a conseguir nada, sé que acabaré en una esquina evitando hablar con la gente. Pero eso ya no importa, vuelvo al recuerdo de esas sandalias empapadas, unos pies encharcados que corren con miedo a llegar tarde. También recuerdo como llovía aquel día, y ese paraguas rosa que abrigaba mi timidez. Llegué a la puerta y no sabía qué hacer, ¿entro? ¿espero? ¿a quién?
 ¿Miedo? No puedo decir que tuviera miedo, mis ánimos estaban por los suelos, ya no tenía ganas de nada, simplemente, caminaba por hacer algo en esa caótica vida. Cierro el paraguas y entro por la puerta, no se hacia dónde ir, sigo a la gente y encuentro una cosa parecida a un salón de actos a la que aquí llaman "sala de usos múltiples", entro y me encuentro con un montón de caras desconocidas. Pero no pienso: "¡Madre mía, no conozco a nadie!" Sino: "Adolescentes..."
Me siento, ya no me acuerdo donde y empieza una charla, una charla que (por fin) no empieza ni con un padre nuestro ni con un "queridos alumnos, recemos por un buen curso". Empiezan a decir nombres y no me fijo en la gente, estoy como en una nube, aislada, donde no me entero de nada.
 -Elisa Chi... Chi...hai...Chiha... Chihaia Sí, en efecto, esa soy yo. Elisa Chihaia Rodríguez. Elisa se levanta de la silla mientras algunos, no muchos, la observan, analizan y pude que llegaran a criticar mis pintas. Al fin y al cabo, una camiseta de rock nunca da buena impresión.
 Llego a la clase y, cuando todos se sientan en un sitio, rellenamos los horarios y una ficha, intento no fijarme en nadie. Es más, no lo hago, me centro en escuchar a la tutora y apoyarme en la pared. Todo se acaba muy rápido, salgo del instituto habiendo superado la primera prueba.
 Pero si creéis que esto acaba aquí, estáis muy equivocados. En casa me esperan una interminable lista de preguntas del que, por aquel entonces, era mi novio. Un cuestionario que parece nunca acabar, en el fondo, él estaba más ilusionado que yo. Decía que encontraría por fin a gente buena de verdad, amigos que me quisieran, que no me harían daño. Yo no le creía, pero ahora me doy cuenta de que tenía razón.